Buscar juegos para niños con autismo devuelve listas larguísimas, y el problema con las listas es que un juego no funciona por ser el juego correcto: funciona por cómo está montado alrededor.
Un puzle sobre la alfombra puede ser una hora excelente de enseñanza o veinte minutos de un niño solo con un puzle. La diferencia no está en el puzle.
Qué convierte un juego en enseñanza
Tres cosas, y con una sola ya cambia bastante.
Un turno. Algo pasa, luego pasa otra cosa, y las dos son de alguien. Sin turno, los dos jugáis cerca en vez de juntos — que no es poco, y suele ser justo el paso anterior al turno.
Una espera. Un hueco donde el niño tiene sitio para hacer algo — mirar, señalar, decir, empujar el juguete hacia ti. Si el adulto rellena todos los huecos, no queda ninguno.
Una razón para seguir. El juego mismo. Si hay que convencer al niño de que siga jugando, no era el juego.
Empezar por el juego que ya tiene
El consejo habitual es enseñar «juego apropiado», y suele traducirse en retirar lo que el niño estaba haciendo para poner otra cosa. Casi nunca sale bien y es fácil de entender por qué: acabas de quitar lo único que estaba funcionando.
La alternativa es entrar. Si alinea coches, coge un coche y ponlo al final de la fila. Si gira una tapa, gira otra al lado. Sin instrucciones, sin preguntas, sin reconducir. Al principio esto es solo estar cerca sin molestar, y esa es la parte que hay que ganarse antes de cualquier otra.
Cuando el niño te deja participar, aparece el turno casi solo: tú pones un coche, él pone otro. Ese es el juego, y ha salido del suyo.
Los juegos que funcionan primero
Los mejores para empezar comparten una propiedad: el adulto es la pieza que hace que ocurra la parte buena.
Pompas. El columpio. Un juguete de cuerda. Perseguir y hacer cosquillas. Una torre que se tira. En todos ellos el niño no tiene que aprender reglas: solo tiene que hacer algo para que siga, y ese «algo» puede empezar siendo una mirada.
Los juegos con reglas, los de mesa y los de imaginación suelen venir más tarde y apoyarse en un turno que ya existe — aunque cada niño llega al juego simbólico por su propio camino, y este es un camino posible, no una secuencia obligatoria en este orden.
Lo que un juego no hace
Un juego no sustituye a la práctica directa. Las habilidades que necesitan muchas repeticiones limpias y seguidas — distinguir dos imágenes parecidas, construir un vocabulario que se pueda usar — son difíciles de conseguir solo con juego, porque una alfombra ofrece por naturaleza menos ocasiones de repetir una cosa concreta seguidas que una sesión de mesa centrada en eso.
Y al revés: lo que se practica en la mesa no se sostiene solo si nunca aparece en ningún sitio agradable. Por eso las dos cosas están en el mismo plan y ninguna es el premio de la otra.
Para seguir leyendo
- Nuestra comprobación de preparación — tres preguntas, un minuto, sin registro.
- Actividades para niños con autismo — la otra mitad, la de los diez minutos estructurados.